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sábado, marzo 22

de despedidas y hastaluegos

Los laberintos de la memoria son terrenos increíblemente peligrosos; los terrenos de las emociones son increíblemente intensos...
Mi memoria a corto y mediano plazo falla de manera constante, sucesos recién ocurridos o hechos básicos de la vida cotidiana suelen olvidárseme muy fácilmente; de vez en cuando me pregunto si es solo parte de esa terrible distracción mía o sufro algún tipo de Alzheimer prematuro; cualquiera que sea la opción correcta sé que, inevitablemente hay momentos que desearía no conservar en mi memoria...
Y de la misma manera existen en mi devezencuandofracturadamemoria (como en la de cualquier otra persona), aquellos mágicos momentos y vivencias que quisiera con todas mis fuerzas conservar por siempre, atraparlos quizá en una botella o mejor aún, en una enorme burbuja, en la burbuja de mi corazón (aún con lo más cursi que pueda esto escucharse)




Sabía que debías marcharte, tu lugar no es éste, lo supe desde siempre y sin embargo, tenía un sinfín de sentimientos encontrados rondando entre mi estomago y mi garganta y estaba molesta, no contigo ni conmigo, sino con aquel momento...
E iba a dejarte ir sin despedirme, porque dolía y porque además, odio enormemente las despedidas; pero esa mañana mientras me lavaba los dientes y te recordaba, supe que lo más tonto que podía hacer era justamente eso, porque irónicamente lo que más quería hacer era verte, sentirte, abrazarte, tocarte una vez más; y no, no podía dejarte ir sin hacerlo, y escribí aquel mensaje...
Y cuando te vi, parado en aquella puerta, con esa enorme y adorable sonrisa tuya, deseé que el tiempo se congelara justo ahí, para poder observarla a mi manera y por más tiempo, el tiempo que Yo quisiera... Y te abracé...
Y fue esa una noche agridulce, corta pero intensa, llena de matices, una noche que espero nunca olvidar... Y te dije justo lo que quise decirte de la manera en que quise hacerlo, y te abracé cuanto pude y mis caricias fueron creadas y recreadas una y otra vez para no ser olvidadas, para que me extrañases...

Saudade -me dijiste- y fue entonces cuando supe que aquella noche era solo un hasta luego y entre lágrimas y sonrisas, me marché...

Te quiero.


viernes, marzo 14

Tenía 14

....según recuerdo. La cosa es que fuimos a la playa, a Guayabitos. Y yo lo que quería era rentar una canoa y remar hasta la pequeña isla que está a unos kilómetros de la línea costera.
Comimos, toda la familia reunida en un algún lugar que vende mariscos recién preparados debajo de una palapa, como hay tantos en mi adorado México. Le dije a mis padres la idea de remar, de ver si podía llegar, y de regresarme inmediatamente...no sabía en la que me estaba metiendo.
Resulta que de hacer eso es mejor hacerlo más temprano que tarde, que cuando empieza a caer el sol las olas empiezan a crecer, que las corrientes es mejor conocerlas, que es necesario un punto fijo de referencia para orientarse y, que con el mar, no se juega.
De chamaco era bastate flaco, nunca me dió por levantar pesas, y en ésta ocasión, me hubiera sido de mucha utilidad, porque no es tan fácil aventarse en tremenda faena a tan corta edad.
La distancia no sé cual es, pero en el momento ni me interesaba siquiera, sabía que lo lograría y que regresaría triunfador de mi aventura. Así que me desearon suerte, mi papá me acompañó y me dijo que me estaría esperando y que me vería cuando regresara.
Pues a medio camino de ida, ya se me estaba acabando la fuerza, y noté como las olas empezaban a arreciar. Fue necesario tomar una decisión, continuar o regresarme, y me valió madre, seguí adelante a pesar de que apenas y tenía suficiente fuerza para avanzar; aprendí a esperar a estar en la parte alta de la ola, para aprovechar la gravedad y remar cuando estaba de bajada, nunca de subida porque no le podía ganar al Pacífico, que no perdona cuando se pone de malas.
Afortunadamente tuve suerte, me trató bien el mar en esos momentos, y aunque admito que el atreverme a lo que hice, como lo hice, fue una tontería, me da gusto que lo logré. El mar estaba en toda su esplendorosa belleza con los colores que producía el sol. Ví una tortuga nadar cerca de mí, rompió la suferficie para tomar aire y la observé retirarse hacia las profundidades, hacia lo oscuro.
Llegué a la Isla de los Cangrejos, donde había un grupo de turistas mayoritariamente gringos, que se veían muy sorprendidos de verme ahí, en una canoa pequeña, sólo, y nomás llegué, dí vuelta y me regresé, ya quería llegar a tierra firme.
El viaje de regreso se me hizo eterno, y aquí es donde entra lo de orientarse con algo fijo, porque no llegué a la playa del Ricón de Guayabitos, sino a la que estaba al norte, o dos playas al norte, no estoy seguro, jejejeje. Pero lo que sí, es que dejé la canoa ahí, y salí a caminar en busca de la familia y el tipo ese que nos rentó la canoa, que cobraba por hora.
Como me tardé bastante, mi papá ya me andaba buscando, al ir Yo caminando hacia mi destino final, escuché que gritaban mi nombre, y ví a mi padre en una lancha motorizada con cara de "Hijo-de-la-chingada-ahí-estás-ya-estaba-preocupado". Al haberme tardado mucho más de lo acordado, salió a buscarme, y lo hizo con mucha preocupación. Ya después me puso una megaregañada, pero no importó, ese día me prové a mi mismo que si me decido y realmente quiero hacer algo, lo puedo hacer, por más estúpido que sea, lo puedo lograr.